Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de lo Cielos

Sunday, August 27, 2006

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de lo Cielos.” Mateo 5, 3.   El pobre de espíritu no se encuentra lejos en una colina de algún remoto valle, se halla en los límites de tu respiración, se encuentra en las mismas manos que escriben esta historia, porque ese ser eres tú y mil veces yo. No hay dudas de que sus espasmos se vislumbran en la calle: en el vendedor de naranja que maldice su suerte cada día, en el personaje público que representa su papel con profesionalismo y admiración; el billetero que juega con la suerte o quizás aquel chico risueño que limpia los zapatos con alegría. 

Uno, en su interior, siempre piensa que ese infeliz es más pobre que yo, que sus ropas ni siquiera están limpias, que de seguro no ha comido como el manjar (la jartura de mangú con salami frito) que me guardan en casa; y sobre todo, que es más jodido que yo porque su condición física se ve bien deteriorada con el pasar de los años.  Soy perfecto ante mis ojos, mi espíritu es fuerte como la luz del sol, mis ideales colindan con la verdadera justicia celestial, pero eso no es cierto; habrá quien diga que en su vida ha sido muy exitosa, ha coleccionado riquezas, le han otorgados galardones nacionales, ha sido Presidente, o la justificación más idónea: mi vida ha sido fructífera y mi legado histórico está por doquier.  Déjame decir mi amigo, hermano o quizás enemigo mío que eso no es cierto, que ese ‘pobre’ no es alguien extraño a quien no se conoce, sino a uno mismo;  yo mismo soy ese ser que posee un espíritu no rico; yo soy ese ser que suspira por un mejor mañana,  que canto una canción de amargue porque mi corazón sangra con las tantas desdichas diarias… ese ser a quien las escrituras se refieren soy yo, por tanto este mensaje es para mí, no para el desconocido que vive al final de mi calle.

Dirás que habrán personas a mi alrededor alegres, joviales y carimásticas, que ellos poseen un espíritu lleno de armonía celestial, pero es falso; su risa es fugaz, su alegría una máscara para cubrir sus imperfecciones, un camuflaje irreal que se representa en sus acciones diarias. 

Que la fuerza de voluntad que digo tener es robusta, que lo que prometo siempre lo cumplo; que la  recomendación médica de alejarme de las frituras solo son artimañas para no dejarme disfrutar de la vida, que eso que llaman colesterol es una palabra blasfémica ante mis oídos y que mi corazón sigue siendo fuerte.  Si eres unas de estas personas, este mensaje no es para ti; es únicamente para aquellos que suspiran cada día por un mejor mañana, que maldicen al vecino cuando la suerte lo acompaña y que tratan cada día por ser mejor, aunque la dieta no exista porque no hay dinero para comprarla; está dirigido a esos seres que se caen y casi nunca se levantan; como la promesa rauda de que temprano madrugaré para correr dos bloques en el vecindario.  A estos individuos baratos es la promesa del Reino de los Cielos; no es para aquellos que dicen que están sanos, que conocen el camino y se encuentran en la “verdad”.  Esos no son bienvenidos aquí, pues la promesa no es para ellos, pues son puntos de luz en la suciedad.  Me refiero a ustedes, queridos hermanos, que duermen cada día y despiertan con los ojos hinchados no por tanto dormir, sino por la irritación de los mismos. Este mensaje es para ustedes, por tanto el Reino de Cristo lo espera.  Y me pregunto: ¿Dónde reside la pobreza? O más bien, ¿qué es la pobreza?