El Areíto de las Voces
Capítulo I, Murciélago Rojo

Thursday, March 3, 2016

Triste. Así me llamo y me aclamaré por toda la eternidad, porque la soledad reina en mí y sus fantasmas acorralan las alegrías que flotan en las olas melodiosas de la ilusión; por eso, me denomino así y quiero que ustedes espíritus de la noche me nombren también.

            La iglesia olía a incienso, de esos que usan para  purificar el templo; aunque creo que más bien lo utilizan para ahuyentar los malos espíritus que rondan cerca del Altísimo [esos que las gentes llevan consigo y ni siquiera perciben, porque su alma está vacía de silencio].  No sé cuál será la causa, pero ese vaho antiguo mezclado con el esoterismo de las estatuas crearon una atmósfera mustia, donde la vista se opacaba con las nubes grises que bailaban en la edificación y con el hedor a muerto reciente.  Todo ese velo angustiante hizo que mi confesión iniciada adquiriera un matiz de sinceridad.

            “No estoy en gracia de Dios.  Me he masturbado esta mañana en nombre de ella.  Su rostro todavía permanece en mí y quisiera metérselo como lo hacen los lagartos”.

            El sacerdote permaneció en silencio, mientras el viento introducía por el ventanal un lazo de hojas secas, las mismas que adornan el campo triste.  Lo nombro así, porque las tantas cruces forjan una red de melancolía en mis labios; el sólo recordar que cada una de ellas lleva en sí mismo un sufrimiento, una desdicha, un valle verdoso de lágrimas, hace [uso de nuevo este verbo porque quiero] que lo llame triste, no santo, porque ninguno de los que duermen ahí lo fueron.  Ahí sólo hay tristeza, amargura, desazón y un centenar de penas blancas [de las que no se definen, porque sólo se sienten].  Por eso cuando voy a uno percibo un gran vacío, como si todas esas almas acorraladas gritaran desde sus tumbas el desamor, la soledad que han guardado en sus vidas.  Entonces pienso en mi infancia, en lo que se mi dijo allá, de que se nace sin nada y que cuando uno se muere no se lleva nada tampoco.  Eso es falso, porque se nace con pureza e inocencia; y la muerte se lleva dolor, desesperación y miles de males obscuros que sólo el alma los ve, forjando una cadena gigantesca de melancolía; y es por eso [lo repito de nuevo] que cuando me siento en uno, escucho las voces, los lamentos angustiosos de los que supuestamente duermen, pero sólo sufren y su padecer se asemeja al mío; porque en mi tristeza esas voces parecen idénticas a las que atosigan mi alma.

            No tengo alma, la perdí en mi caminar, en pretender encontrarme y no hallarme.  Me hice viejo, muy viejo y mis ideales se llenaron de polvo; pero no de uno tenue como el que cae del aliento del viento.  No.  El mío olía a siglos, a frustración blanca, a soledad innata.  Era seco, como los ecos  [esos que resuenan en los sueños, en lo añejo del tiempo].  Parece estúpido, pero así es, lo he sentido, lo he sufrido como una muerte en cruz, como el hielo de los versos cuando trataba de crear un mundo mío; quizás quimérico, pero mío, sin que ningún concepto extraño le robara o le indicara hacia donde va la identidad del Ser, por que el Ser era él mismo y fuera de él no había nada. La perdí como cualquiera.  Todos la pierden, pero nunca se dan cuenta.  Yo sí y lo supe tarde; tal vez la rueda del destino giró rápido y no pude captar su mensaje.  Lo cierto es que no está, desvanecióse como el silencio [el mismo que dormía en ella], ese que voceaba fuertemente quédate estático, vacío, no pienses, déjate llevar por la corriente, porque el que lucha en su contra fallece o está loco.  Y eso es precisamente lo que soy, un loco.

            Ayer se cumplió una semana del entierro y todavía la edificación hiede a muerto.  El hedor parecía no provenir de este mundo, porque los sentidos lloraban angustiosos, deseosos de olvidar una pena blanca [de las que se ocultan dentro y el tiempo hace florecer en cualquier instante].  Lo extraño era que solamente se percibían olores grises, esos que resplandecen en los campos tristes, perdidos de toda ilusión divina.  Era como si una dimensión de espantos se abriera y dejara escapar ecos silentes...

            Manos vacías, manos vacías, manos vacías... Joaquín siempre las vive mencionando; no en cada sermón dominical, pero sí cuando cualquier pasaje bíblico se lo recuerda.  “Cuando estemos en el gran momento y nos presentemos ante el Altísimo con ellas sin nada, ¿qué haremos?, ¿qué diremos?  Si nuestra existencia ha sido hueca y no tenemos un ejemplo de vida.  Hemos vivido sin la gracia de Dios a cada instante.  Entonces esas manos se aferraran al cuello y ahogaran nuestros sentimientos mezquinos y nos alejaran del Creador”.

            Yo las tengo vacías y no me arrepiento de ello.  La mayoría anda igual que yo.  Y eso es lo que me hace preguntar, ¿por qué hay que llevarlas llenas?  ¿Acaso la libertad no me da el derecho de elegir cualquiera de los dos caminos?; pero en realidad no soy libre, o voy por el bien o avanzo por el mal.  Es una libertad triste, sólo dos opciones y tan poco tiempo para decidirse.  Si la vida es un “relámpago en la eternidad”, por qué hay que escoger la senda a seguir en tan poco tiempo, ¿por qué? ¡No es justo!  Así lo creo y lo sostendré siempre.

            Los cuerpos viven para los cuerpos.  Ninguno de ellos sabe nada del espíritu; sólo quieren sentir, nunca pensar.   Los pensamientos son para ellos dulces amargos, sonrisas alambradas y deseos moribundos.  Viven para el deseo, al igual que yo, porque mi espíritu está negado;  no posee ni un resquicio de ideal.  Los ideales se forjan en la infancia y a medida que uno crece va creando nuevos y los viejos se reforman.  Pero yo no acarreo ninguno en mi alma, si es que tengo; a veces creo que no llevo también.  Hay días en que me detengo frente al espejo y veo mi rostro; si en él se ve el alma; entonces no tengo, pues nunca la he visto.  ¿Quién sería que dijo que en los ojos se ve?  Qué poco se nos ha enseñado, qué poco se nos comenta de las cosas del espíritu.  La iglesia, cualquiera que sea, aduce ser nuestra guía espiritual; pero nunca ha cumplido su función y jamás lo hará.  Precisamente ayer me di cuenta de este concepto en el velorio.  Cuando una persona muere los familiares lo lloran con tal desesperación que da miedo.  Será qué internamente sabemos que vamos al vacío eterno, y que a la nada volveremos.  Es una despedida de cuerpos, los vivos y el muerto o como dirían los esotéricos un despertar al mundo real, al mundo astral, a la dimensión donde lo imposible se cumple; allí los pensamientos rigen y los cuerpos únicamente son armazones estériles.  Lamentablemente el mundo de hoy es de los cuerpos y al cuerpo hay que hacerle honor y gloria, ¡que vivan los cuerpos desnudos bailando en la noche!, ¡qué vivan eternamente en la tierra de los cuerpos!  ¡Qué vivan!  ¡Hosanna!

            Todos en la vida necesitamos una ilusión... a quién no le gustaría ser un hacedor de ilusiones.  Quisiera ser uno y crear centenares...

            Los muertos quieren despedirse, desean decir adiós a su vida carnal, añoran reencontrarse con su estado ontológico para volver a sembrar sus ilusiones en seres distintos, con otros ideales.  Así se parte hacia lo eterno, con la llave de volver a iniciar el mismo camino en la rueda del destino.

            La última vez que la vi fue hace tanto tiempo que no recuerdo bien su rostro.  Creo que sonreía cuando sus ojos se tropezaron con mi presencia; luego quedó inexpresiva, abstraída en sí misma, y cruzó por mi lado sin ni siquiera virar su cara.  Pensándolo bien, ella siempre hace eso.  Recuerdo la vez en que caminaba por la acera y sé que me vio, pero continuó indiferente; tal vez para que no la llamara y me hiciera notar.  Cuando lo hice, de inmediato se volvió hacia donde mí y me sonrió.  La expresión de su ser dolióme inmenso.

            La puerta se entrecerraba con la brisa.  Una débil sombra pareció flotar en el techo y una voz de amargue sonó repentina en el radio.  El silencio rió con la brisa, impregnando las tablas viejas con su perfume de olvido.  La mesa cubierta de rosas muertas y el rosario colgando de la silla, revivieron tristemente las voces lejanas.  La  hoja estaba en el suelo, parece ser que el viento la movió de donde permanecía inerte, extraviada en su misma rutina, olvidada en la blancura del universo.  También recuerdo que fue el último papel blanco donde escribí su nombre.

            Anocheció.   Las sombras entrelazaron las calles con su luz rancia, de esas que nacen en los espejos y muerden las ansias de volver a morir.  En las casas, las voces envolvían fugazmente al silencio.  Por un instante regresé al pasado, recordé al abuelo sentado en su sillón, fumando creo, también mis preguntas infantiles y sus sabias respuestas.

            —Abuelo... ¿es verdad que uno no puede vivir del recuerdo?

            —Por qué dices eso.  A quién oíste mencionándolo—  La voz del viejo pareció susurrar.  Era dulce, tierna, pero a la vez cansada.

            —Esta mañana en la iglesia.  Joaquín fue.

            — ¿Y tú qué crees de eso?

            —Abuelo si te pregunto es por qué no sé.

            —Cierto.  Mira.  Los recuerdos forman parte de uno.   Uno vive del recuerdo; ya que si uno no recordara nada de lo de ayer, el hoy no sería posible.  Tus recuerdos son la base de que tú hoy estés hablando conmigo.  Si no fuera así, nadie, absolutamente nadie,  fuera como es en la actualidad.  ¿Entiendes?  La vida nos deja experiencias y ellas sólo son recuerdos; pero transformados por el alma.

            —Tú hablas más lindo que el cura y explicas mejor.  Tú pareces cura.

            — ¡Bah!   Deja de hablar tonterías y escucha.  Todos los recuerdos son buenos.  No importa de que clase sean, son buenos...  La tristeza nos sensibiliza, nos llena de un extraño dulzor que es indescriptible.   Nos hace percibir que somos humanos, que llevamos algo muy dentro de nosotros que sintoniza con el Hacedor.  Siempre se ha dicho que ella es mala;  que no debemos estar tristes, pero eso no es cierto.  Es innegable que no se debe estar siempre triste, pero cuando te sientas de ese modo especial, disfrútalo.

            —No entiendo,  ¿cómo es eso de estar triste?

            —No triste, si no que cuando te sientas triste te sacies de su belleza.  Dios también se siente triste.  Aunque los expertos te lo negarán y te señalarán que a Dios no se puede aplicar una categoría humana.  Se le olvida que estamos hechos a su semejanza.  Si Dios es alegría, también es tristeza, dolor, amargura.  Dentro del camino hacia Él, sólo los que se dan cuenta de que esas cualidades negadas son parte de uno y no las ven como enemigos, viven como yo, tranquilos.  Si estoy triste, me imagino a Dios cuando una de sus criaturas se aleja de su senda.  ¿Sabes?, el que no se conmueve no es humano;  no es como Dios.  La pena es lo más cercano a la tristeza, se parecen tanto que a veces se confunden.  El darse cuenta de lo que uno es, ayuda a la perfección del Ser.

            — ¿Qué es el Ser abuelo?

            —Nadie lo sabe ciertamente.  Lo han llamado así.  Lo confunden con el alma, pero él para mí es: un lugar muy dentro de uno donde las cosas se perciben como voces [como haces de luz] luminosas, allá donde las palabras no existen, sólo su sentir, más allá del significado.  El significado es la explicación de eso, pero no hay formas geométricas que puedan encerrar verdaderamente el sentir de algo.  Por el ejemplo el amor, cualquier definición es buena, pero si tú no lo has sentido en ti mismo, no significa nada.

            —A veces no te entiendo, pero suena bonito.

            La noche avanzaba lenta.  Esos días del pasado no caminaban; no eran como los de hoy, donde todo pasa rápido y las decisiones parecen confundirse con las verdaderas ilusiones que se llevan dentro.  Nadie tiene tiempo ni para aconsejarse ni enterarse de uno mismo; se le obliga a olvidarse de su propia existencia; hay que elegir la de todo el mundo.  Y recitar como poema: “ella tiene razón, ¿verdad Edwin?

            —Abuelo, ¿tengo alma?

            — ¿Por qué lo dices?

            —Joaquín dijo que la mayoría no tenemos.  Que andamos vacíos.

            —En cierto sentido tiene razón, pero sólo los viejos no tenemos.  Los jóvenes y los niños poseen.

            — ¿Cómo es eso?

            —En ustedes los ideales reinan; muere uno y de inmediato nace otro. Son como los árboles, les corta una rama y de nuevo germina.  En cambio nosotros la hemos dejado a través del tiempo.  Se fue perdiendo poco a poco.

            — ¿Cómo es eso, abuelo?

            —Tú has entrado a mi alcoba, ¿verdad?

            —Sí.

            —Pues mira.  Los recuerdos se van quedando en las cosas, ellas lo aprisionan, lo encierran por siempre.  Así mismo el alma se queda con ellos.  Mis ilusiones, deseos, caprichos están confinados en cada uno de esos objetos.  También permanecieron en alguna frase o persona.  Entonces cuando uno alcanza a mi edad, llega vacío, todo ha quedado atrás.  Esas ilusiones que tú llevas dentro ya no están en mí, en cierto sentido uno se va vaciando con el tiempo; las dejé en diferentes épocas.

            — ¿Por qué tus ojos se aguan?

            —Me hiciste recordar lo vacío que me siento.  Todas mis ilusiones se perdieron.  Esas ilusiones que hicieron crecer mi temple; ya nunca más residen en mí.  Volaron.  Y sólo los recuerdos me sostienen; me hacen llorar y si no fuera por ellos ya habría muerto.  ¿Entiendes?

            —Sí... quiero ser como tú, abuelo.

            El sacerdote apareció vestido de rojo intenso, con una solemnidad desbordada, que tal vez se le olvidó que era pecador.  Alzando los brazos, se persignó e inició la ceremonia.

            —Hermanos, la muerte nos ha tocado muy cerca; pero ella no es la última morada de nosotros.  Resucitaremos el día del Señor, como se nos ha prometido.

            Encontraron el cuerpo, de él salía una tristeza tal, que todo el que lo vio tuvo que cerrar sus ojos y marcharse cabizbajo.  La tristeza parecía venirle desde lo más hondo;  pero ella era distinta, creativa y absoluta, como si el Ser se manifestara a través de su cuerpo inerte.  Cuando lo vi, sentí que numerosos recuerdos se amontonaron en la puerta de la ilusión y desgarraban con fiereza las utopías que lo contenían.  ¡Ay!  ¡Qué dolor tan grande me arropó!  No supe definirlo, pero mis lágrimas cubrieron débilmente todas las lagunas internas, esas que son profundas y dulces; le cambiaron el sabor a sus aguas y únicamente dejaron un enorme mar de sal.  Las voces dormidas despertaron y comenzaron a sumergirme en un laberinto blanco.  Las encrucijadas eran amargas, cubiertas de una inexistencia rancia; incolora y mística.

            El cuerpo estaba cubierto de hierbas húmedas.  A la hora de asearlo, las hierbas no se despegaban de su piel; era como si ellas quisiesen irse con él en el viaje eterno; por eso lo tuvieron que vestir así. 

            Le ayudé a saltar; su rostro quedó cristalino, inexpresivo, carente de toda ilusión.  Era como si su faz inerte expresara de alguna forma la desidia que llevaba en el alma.  No era que su piel estuviera en mal estado; que su cuerpo manifestara las rejas inauditas de la traición [no había permanecido fiel a sí mismo, negó todos los principios que hicieron florecer el árbol del enunciado; secó y quemó su corteza con un centenar de llantos invisibles, de esos que sólo corren cuando las voces intervienen en uno; inquietando el alma y dejando en ella un gran vacío de descontento [por no saber qué camino seguir]].  Él se sentía así, pero no era exactamente lo que despedía su cuerpo el día que lo encontraron.

            Recuerdo las miradas absortas, las sonrisas tristes, las manos crispándose como muerte de heno, el humo de los cigarrillos esparciéndose como espuma por la casa, las voces ahogadas y confusas de los vecinos hablando en tono bajo; pero sobre todo, recuerdo el desazón de su alma corriendo desnuda por los rieles ilusionados de un amor fugaz.  Creo que al percibirlo se vieron a sí mismos.  El rostro que observaron no era el de él, si no el suyo; quizás por eso cuando salían de aquel cuartucho semi-oscuro mostrábanse inconformes, apesadumbrados y blasfemos, porque cada uno se veía morir en ese cuerpo lozano.  Nadie dijo nada, quedáronse en silencio, esperando tal vez que el otro llorara por ellos.

            Nadie sabía en realidad que había pasado, sólo yo lo sabía, su cuerpo se encontraba muerto, pero mucho antes su alma lo estaba.  Fue apagándose poco a poco, no como el fuego si no como el silencio [de repente].

            Si hubiera habido lágrimas de seguro hubiera sido un entierro normal; pero nadie, absolutamente nadie, lloró.  De sus rostros la sequedad pareció apresurarse y alzar la mano como primero de clase.  Quedaron huecas de humo, huecas de ramas, sin la razón del espanto, sin la desidia del muerto; era como si la orfandad de existir penetrara en la sangre y desvistiera sus ansias más viejas.  Ni una hoja de llanto cayó del árbol, ni una.   Los rostros permanecieron pétreos, ancestrales, perdidos en la misma quimera del tiempo.

            Recuerdo que lo llamaban por su nombre; y al oírlo parecióme distinto, desconocido; quizás porque sentí que ese no era su verdadero nombre.  Supe que se anda por el mundo sin saberlo, huérfano de uno mismo, despojado de la misma esencia que duerme dentro de tu interior.  Agustín, Pedro, José.  No recuerdo cuál era, pero ese no simbolizaba el suyo.

            «Hay veces en que me siento fugaz como un eco atrapado en rieles eternos y envuelto en papeles de celofán. Hay veces en que ruinas, sólo ruinas, esparcen un capricho de notas y las dejo tiradas en el suelo [como cuando dices adiós]. Y es entonces que presagio un laberinto de voces galopando en el silencio y unos rostros de barro saludándome con agrado [mas en su sonrisa una nube de odio se esconde].  Hay veces en que es mejor correr como hoja en la pradera, enaltecer  las lámparas de lágrimas que se llevan dentro y volver atrás [dibujar los olmos, sonreír a las palmeras y olvidarse de existir; durmiendo en la misma cama, con la misma bata y sobre todo en los mismos sueños] ».

            La ruina de existir nos envuelve y un llanto anémico ladra rabioso queriendo dormir en nuestra cama.  Él se hallaba muerto, pero es mentira, pues él se encontraba más que muerto; aunque se dice que no se puede definir algo más que eso; pero él lo estaba y la muerte no era un eco, si no más bien una cáscara seca cubierta con significación ininteligible a los ojos del Hacedor; partiendo de una cuota de valores que no alcanzaron su plenitud, ni siquiera se perfumaban las gracias de volver del llanto y mezclarse sin gracia en la inexistencia.  La muerte no era su meta, más bien el camino anhelante para convertir su dolor en un monumento de oro y colgarlo de los hilos invisibles de su alma perdida en el hades.  Crear su propio infierno y definirlo con las nuevas notas de su llanto.  Si Dios pensó en algo igual al crear el suyo.  Él olvidó todas esas pautas antiguas y quiso ensayar el suyo, más profundo, tétrico, desolador, angustiante y blasfemo que el anterior.

            Yo lo veía pétreo, con el mismo rostro de los monos en el zoológico, con esa expresión anciana y olvidada que poseen los viejos cuando van a morir.  Parecía un reproche a la vida, a la verdad que se lleva dentro.

            Hubo un instante en que la blancura avanzó hacia mí y mis pensamientos se detuvieron un momento, era como si la esencia blanca subiera todo el volumen de su radio y la bola de béisbol se hiciera pequeña en el espacio.  Fue sólo un instante, para mí fue igual que el dolor que todos percibieron cuando descubrieron el cuerpo cubierto de hierbas húmedas.  [Aunque lo habían secado y untado miles de esencias, las hojas parecían llorar, manteniéndolo mojado y sobre todo con un olor nauseabundo que penetraba tan dentro, que las ansias más viejas, las que nunca se han cumplido, salieron de su escondite, marcharon por calles y vituperaron ciento de frases silentes, desgarrando el alma con su amargura negra; luego desaparecieron raudas, dejando en el suelo un montón de  afiches blancos, que parecían estar escritos con una extraña grafía, pero al mirarlos fijamente no tenían absolutamente nada.].

            Hojas secas, habían montones en el campo triste, cuando la gran hilera de personas cruzaban la hojarasca, estas caían suaves y pausadas, como si el viento las llevara en las gemas de los dedos y las bailoteara débilmente para hacerlas reposar en el suelo.  Otros decían: “Está lloviendo hojas secas”.  Fue hermoso contemplar las

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hojas caminando en el aire y tratando de escribir o más bien dibujar un rostro en la pequeña tarde; pero de dónde, de dónde salían, de dónde...  si los árboles estaban verdísimos por la primavera recién iniciada.

            El abuelo me contaba que hay voces dentro de uno; voces que no te dejan tranquilo; voces encontradas y sobre todo amargas.  “Las voces me acechan a cada instante, quieren acorralarme en un rincón y asesinarme con sus opiniones blancas y sus sonrisas mal hechas”.  Nunca entendí eso hasta el día hoy en pleno velorio.

            La campanilla sonó, después aparecieron dos monaguillos vestidos de blanco llevando consigo las vasijas del incienso consagrado.  A medida que avanzaban, quedaba una estela de humo que el viento movía lentamente.  El humo cobraba forma distante, era como si encarnara los pensamientos de los presentes y su angustia se pintara en las diminutas siluetas de fantasmas que parecían pasear por la iglesia.

            Él hablaba de ella con tanta frecuencia que ya había creado una silueta interior con su nombre, identificándome con sus gestos y acciones.   Relatábame sus diálogos con letanía inerte de viejo sinvergüenza que escupe en cualquier sitio.  La veía como un ángel, como algo idílico que teje sus sueños en las telarañas mágicas de un baúl sin fondo. “Su sonrisa...”.  El amor suele aparecer en suelos distintos, muchas veces florece tan fugaz que sólo alcanza a decir una frase: te amo.   Luego se pierde en las ondulaciones de la existencia; dejando la otra cara hechizada por un minúsculo intervalo de tiempo: siempre.  A él le había ocurrido eso mismo, se había enamorado de ella por toda la vida y ella solamente el instante en que se conocieron; si en verdad lo había hecho.  Era simple de deducir, pero él no lo entendía así, se encerraba en las palabras melodiosas de su recuerdo; vivía perdido, extraviado en una quimera sin otoño ni patriarca; allá donde sólo los ecos llegan.  Era una conjunción con el Hacedor, pero sólo que en vez de residir él en su pensamiento ella lo ocupaba.  La vida le ocurría así: una sonrisa encantadora y unos limpísimos ojos que parecían saludar cuando miraban.  Es hermoso sentir a una persona enamorada, lleno de esa gracia que brota a cada instante del Cosmos.  Nunca había visto a alguien así ni siquiera imaginé que nadie pudiera llegar a ese grado de amor;  era más que mágico.  Todo lo que se le acercaba lo impregnaba con esa ternura blanca que le salía del alma, todo [hasta las flores cantaban cuando él cruzaba cerca], absolutamente todo, menos ella.  La naturaleza le brindaba tributo, porque ella, a mi entender hacía mucho tiempo que no percibía a nadie así desde que el Crucificado vino al mundo.  Cuando él estaba conmigo yo escuchaba el sonido de arpas o cristalinos ecos, maravillosos que brotaban de su cuerpo o quizás de su alma.  No sé de dónde provenían, pero su sonido era encantador.

            El primer día que lo vi llorar tuve que contenerme con todas mis fuerzas para no hacerlo delante de él.  Cuando abandonó el lo hice y mi llanto era muy similar al suyo, sólo que más tímido.  No lloraba por lo que él sentía, si no por la gran pena que representaba.  Ese dolor ajeno parecía danzar en el fondo de un cubo de agua con ondulaciones celeste, de las que amanecen tristes y olvidadas.

            La iglesia estaba adornada con flores, candelabros dorados, feligreses lejanos y un hermoso ataúd frente al altar.  Habían rosas rojas alrededor del féretro, las mismas formaban un enlace eterno, una boda sin retorno.

            La lluvia caía triste, melodiosa, y sobre todo, pausada.  Empezó al anochecer y continuó avanzando sin bulla hasta el otro día a media mañana.  De un lado se observaba el sol, con su rostro pequeño, indiferente y sereno; por el otro, una hermosa nube gris, llorando despacio y con ritmo.  Recuerdo el suelo mojado y el agua cristalina [como si el viento y la madre Tierra no quisiesen ensuciar el ambiente, manteniendo en armonía todo].  Era la mañana más hermosa que jamás he visto y probablemente veré en toda mi existencia.  Las risas de los pájaros colgaban de los árboles y un débil viento acariciaba a las hojas, dando un aspecto encantador, extático, perenne.  Esa fue la mañana que más recuerdo en mi vida y creo que es la que más ha durado, no tenía tiempo, a lo mejor fue de un siglo o quizás de un instante fugaz de pocas horas sin nombres ni fotos sentadas en el eslabón del recuerdo.  Era mística, mágica, celestial y con muchas hojas rotas sollozando desde el suelo.

            La noche parece no tener fin.  Su camino ha sido largo y todavía falta un buen trecho por recorrer.  La vida se detiene de pronto y, sin ningún preámbulo, vuelve a la marcha al igual que un tren.  La noche pasta su llanto en una cortina de luz; volver atrás, dibujar las hojas de los árboles y quedarse extático como un mierda.  La puerta se abre y sus manos se extienden hasta el océano.  Es mudo quejarse de lo que no duele.  La luna alza su mano y un eructo desnudo toca el alma errante.  ¿Por qué vivir si al final la muerte espera?  La vida atrapa el alma en pañales blancos y luces amarillas.  Recorrer el alba con el sólo eco de tus besos.  Las luces trazan líneas de colores y se pierden entre un mar de arco iris grises.

            La culpa crece desde dentro y traspasa las manos, mostrándose blanca, lívida y sobre todo, fea.  El llevar encima una propia es más que un castigo; pero crear una es una locura.  Y a ese punto fue que él llegó, a forjar una enorme prisión de paredes blancas y rejas de acero; una edificación donde habían centenares de máquinas distintas para hacerlo sufrir y envolverlo dulcemente en un dolor amargo, níveo y  más que eso, elástico, que se estiraba por cada rincón oscuro del alma, destrozándole la ternura de existir y forjando miles puntitos invisibles de..., no recuerdo bien de que eran, pero si sé que eran tristes, no muy tristes, sino tristísimos.   Las máquinas parecían estar vivas, cuando más silencio lo invadía, más y más se multiplicaban, parecían ser eternas.

            —Abuelo qué es eso de que uno lleva voces dentro de uno.

            El viejo se sumergió en sus recuerdos como si hubiera olvidado la pregunta del pequeño.

            — ¡Abuelo!

            Fue entonces que contestó.

            —Las voces hablan dentro de uno siempre, pero no todos las escuchan, sólo los que se conocen a sí mismos o los que están a punto de morir [también los locos].  Una es buena, la otra mala; cuando llegas a cierto nivel espiritual únicamente escuchas la buena o la malvada.

            — ¿Cuál escuchas tú abuelo?, porque yo no oigo ninguna.

            Lágrimas, lágrimas, su alma estaba llena de lágrimas; parece repetitivo, pero así era; eran tristes y agrias, viejas y flacas; con un enorme sello en la frente que lo llenaban de burla; pero no una común como la que llueven en el barrio.  No.  La de él crecía con barba verde y unos dedos de araña que atrapaban su dolor y lo exprimían lentamente, saciándose de la amargura sosa que se le enredaba entre los ojos.  Cuando una corría por su mejilla qué triste era verlo; porque en ellos trozos grandes y pequeños de su alma se desprendían, acompañando a esas gotas moribundas en su camino de magia.  ¡Ay qué dolor tan amargo, absurdo, lejano y profundo!  Un alma moría delante de mis ojos y Dios Santísimo no impedía aquel desastre del Cosmos.

            La vida es un círculo y él había roto todas las rejas que lo protegían.  Quedándose solo; anclado en lo más recóndito del universo; besando su estiércol sin tiempo ni horarios ni criterios.  “Morir al silencio, a las voces en el viento”, decía; pero qué significaba esa frase absurda.  Lo veía caminar entre estelas de huesos blancos, colgando sus orines rancios en los bolsillos descalzos de su desconsuelo.  No sé por qué, pero a partir de ese instante las voces comenzaron a invadirlo, incrementando su dolor e incrustándose en el pecho como una llave sin nombre.

            Las ilusiones nacen dentro de uno, nadie las crea, ellas por sí solas brotan y florecen sin permiso, quedándose a veces por siempre atrapada en una alma sin bache [pues el alma tiene unos diminutos hoyos por donde se escapan, manteniendo el equilibrio entre las que mueren y las que germinan].  Pero no, él selló todos los puntos de escape y se quedó solo, bañándose cada mañana con el perfume de su voz y con el delirio de su recuerdo; recuerdos que comenzaron a agrietarle el alma; pero él no se daba cuenta;  vivía encerrado en un mundo donde sólo ella estaba y nadie más.  Un universo que iba formando a medida que no la tenía cerca.  Se conformaba con decir: “te amo, pequeña”.

            Él vivía feliz sin nada que le recordara que el amor es eterno y que la dicha de vivir es llevarlo por dentro.  Él vegetó así por unos largos meses hasta el día en que lloró frente a mí.  Y su alma ya no tenía remedio.  Estaba muerta o a punto de morir.

            “Esperar, esperar es lo único que nos queda; pues la vida se alarga y sólo los brinos de los recuerdos sostienen el alma.”  Llegó un tiempo en que él hablaba y su voz sonaba como la mía, como si estuviera perdiendo el juicio.  Días después me relató que escuchaba voces, voces que sorbían sus sueños y lo mantenían despierto la mayor parte del tiempo; que a veces lo sumergían en un laberinto oscuro y que no sabía si estaba despierto o envuelto en una pesadilla viva.  “Hablaban en primera persona, segunda y no sé cuantas más”.  Le contestaba tranquilo que esa niña te está volviendo loco; y él únicamente sonreía cuando le mencionaba eso.  “Son infinitas, se parecen al viento, vienen y van.  Cuando llegan, entran como un tropel de miles de caballos descarrilados en un abismo de pasiones y cuando huyen perfuman las paredes de mi alma con una soledad rosa, que sonríe sin ventanas.

            Llegó un momento en que mis recuerdos se cruzaron con los de él.  Y en ese instante no sabía si hablaba en mi persona con mis recuerdos o con los de él, ambos formaban una mezcla rara, donde sus recuerdos eran los míos, y sus vivencias las mías.  A partir de entonces la narración comenzó a tomar un matiz de segunda persona cuando me refería a las voces y de primera cuando lo hacía por él; y por supuesto yo... y a veces él también.

 



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